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INEDITOS

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PROCESADO EN EL PARAISO
MEMORIAS DE UN POETA QUE VIVIO LA GUERRA

(INEDITO, BUSCANDO EDITOR, XIV capítulos, 650 pg.)

CAPÍTULO I.

TEMPRANO PARA MORIR.
Nací dos años después que terminó la Segunda Guerra Mundial y cuando apenas cumplía los once conocí a los barbudos de la sierra. Mi padre, que en paz descanse, era un comerciante ambulante, de esos que iban por los montes proponiendo su mercancía. Vendía cuadros, adornos, perfumes y todo tipo de ropas hechas: blúmeres, ajustadores, calzoncillos, medias, batas, pantalones... también telas de todos los colores y cualidades para hacer ropas, a 20, 30, 40 centavos la yarda. Luego cobraba a plazos, recogiendo quilos, 20 ó 25 centavos semanales, un peso al mes, de puerta en puerta, de zona en zona; y el campesino que no tenía dinero pagaba con cualquier cosa, con algún animal de cría, con algo de la cosecha; pero siempre pagaba.

Así, trabajando por cuenta propia, papá mantuvo la familia, cinco en total: papá, mamá, mi hermano, la casa y yo. Eran los tiempos en que un peso tenía el mismo valor de un dólar y hasta más. Eran los tiempos en que había que trabajar para ganarse un peso y con un peso se podía hacer maravillas. Mi padre era un poco bruto y cuando papá se peleaba con mamá nos llevaba a almorzar a la Fonda de Javier frente a la Plaza del Mercado. Allí con 25 centavos podíamos pedir una Completa con bistec, congrí, ensalada y plátano frito. Papá fue un buen cliente de la Fonda de Javier y podíamos comer hasta fiao. Pero jamás le debió nada a nadie. Fue siempre honrado, demasiado honrado, exageradamente honrado y trabajador. Él era exagerado en todo hasta en esto de la honradez. Pero para eso nunca habrá límites. O se es o no se es. <<La honradez no tiene límites -decía para darse fuerzas-, aunque digan que en este mundo no se puede ser honrado>>.
Yo lo entiendo así y quisiera que me entendieran. Ser honrado es tan importante como ser agradecido. <<Ser agradecido es la más importante virtud del hombre y ser desagradecido su peor defecto>>. Así dijo un poeta nacido y criado en la loma del Tivolí. Por eso digo que el que es honrado y agradecido merece tanto la paz de los hombres como la bendición de Dios.

Debemos vivir agradecidos de todo lo que nos rodea, de la luz, del aire que respiramos, de lo que nos ha dado Dios y han inventado los hombres para nuestro confort, hombres que dejaron de dormir por crear y descubrir para bien del hombre. Vivir para agradecer es mi lema. Los agradecidos viven en paz, de la paz y para la paz. Los desagradecidos hacen las guerras. Los desagradecidos y los ambiciosos se unen y parecen seres imposibles de erradicar de nuestro moribundo planeta.

Esa vez que acompañé a mi padre al monte yo no sabía que estábamos en guerra y que nos estábamos jugando la vida. Pero siempre hay alguien a quien agradecer o algo que agradecer. Papá tenía muchos conocidos donde quiera, aunque muy pocos amigos. Siempre anduvo solo. Muchos lo querían, pero en nadie confiaba. Era uno más de los desconfiados que repetían que <<amigo es un peso en el bolsillo>>.
Sin embargo creo que le conocí a uno, un viejo llamado Aurelio que vivía a unas tres cuadras de nuestra casa y tenía muchos conocimientos de navegación y de náutica. Sabía de barcos y de viajes por el mar sin haber sido marinero. Y es que estuvo muchos años trabajando como guardián de El Faro de Santiago que está en la boca de la bahía. El viejo era quien alumbraba y vigilaba para que los barcos llegaran desde todas partes del mundo a nuestra ciudad.
Tenía varios barcos adornando la sala de su casa y hasta algunos en botellas de colores que, según me dijo, él mismo los metió. Pero yo nunca lo quise creer, pues me parecía que era cosa sólo de magias.

_ ¿Y cómo es que lo haces?
_ ¡Ah, es que soy mago! Me dijo como para dejarme en un mar de dudas la única vez que lo vi reír con los ojos.
Papá me llevaba algunas veces a ver al viejo Aurelio que de repente se puso enfermo, y tiempo después murió sin regalarme el barco que me había prometido. Entonces fue cuando decidí fabricar yo mismo el mío tallando un pedazo de madera y lo llevaba siempre a la playita de poca arena, de poca orilla, que habíamos descubierto papá y yo pegada a la carretera que llevaba al mar, cerca del Castillo del Morro que habían construido los españoles para que los piratas no entraran a la Isla. Allí aprendí a nadar y a navegar en mi propio barco con su motor de ligas torcidas, que lo propulsaban junto con las velas hechas de retazos de sábanas viejas y telas de colores del muestrario que llevaba papa para enseñar y vender las telas.

Aurelio era un buen viejo que seguro pensó que podía llevarse sus barcos a la tumba, pero eso nunca pudo ser. El día del entierro sus barcos seguían en la sala, sobre una gran mesa, todos reunidos, callados, hasta los barcos de guerra, indefensos, solitarios, para decirle adiós a su celoso guardián.

Aurelio y otro que le decían Mestre venían a menudo a mi casa a oír la radio en onda corta, bien bajito, metidos dentro de mi cuarto y en ese momento ni mi hermano ni yo podíamos entrar, porque no era cosa de barcos lo que hablaban, sino de la guerra. A veces llegaba a oír "Radio Rebelde desde la sierra..." y no oía más porque ahí mismo le bajaban más el volumen...